La despensicaMiércoles, 26 de febrero de 2014

¿Quieren saber una de mis grandes aficiones? Bucear entre recuerdos; puedo pasarme horas y horas; Da igual si es lunes por la mañana, martes por la noche, estoy un miércoles en el dentista, el jueves en clase de Pilates, de aperitivo un sábado o leyendo tranquilamente un domingo. Cualquier momento y lugar son buenos para que un sonido, un gesto o una idea enciendan la mecha y abra lo que yo denomino mi despensa particular. Muchos de mis recuerdos tienen forma de libro; otros, de collares y abalorios; también hay fotos que guardo como oro en paño; y así hasta el infinito, hay mucha vida detrás de las cosas materiales. Y esa vida es la que les da valor, o al menos eso creo yo. De lo contrario serían objetos, sin más.

Pero, sin duda alguna, los recuerdos más valiosos son los que me acompañan siempre, independientemente del lugar donde me encuentre, esos que resisten al paso de los años y siguen bailando en mi cabeza con una intensidad increíble. No tienen forma de nada pero le dan sentido a todo. Hablo de olores, sensaciones, personas, colores…

Les invito a entrar a mi despensa. Entren en silencio, por favor, y si no es mucho pedir cierren la puerta despacio, con dulzura… ¡Muchas gracias!

♥¿Cómo puede una oler las patatas guisadas de su abuela María 30 años después? Entraba por la puerta de su casa o de casa de mis padres y sabía que las estaba cocinando ella. Aunque estuviese mi madre, que también es una gran cocinera. Años más tarde, creo que hace cinco o seis, supe el secreto. “la abuela siempre ponía al final un poco de ralladura de nuez moscada. Y cominos, por supuesto”. Misterio resuelto. Eso sí, a día de hoy, a pesar de todo y de conocer el “toque” nadie ha alcanzado su nivel. Seguiremos teniendo patatas guisadas y las patatas de la abuela.

♥¿Y qué me dicen de las tiras de caramelos con pica pica que me traía mi padre el viernes a la casita de la sierra cuando venía de trabajar toda la semana en Madrid? Venían envueltos en una bolsa de El Corte Inglés. Y yo le veía bajar del coche, un Renault 9 gris plata, y me volvía loca. Por verle y por los caramelos, claro está. Y si algún día no encontraba nada en sus manos le decía con una gran sonrisa: “¿Papá, y los caramelos?”. Ya saben, con esa frescura y naturalidad que tienen los niños y luego perdemos cuando nos hacemos mayores. Entonces, él los sacaba del bolsillo de su americana y yo corría por el jardín como una liebre. Lo mejor: cuando me los metía en la boca y tras chuparlos unos segundos se abrían y salía un pica pica de limón. ¿Me creen si les digo que mientras escribo esto salivo? Es más, diría que los estoy saboreando…

♥ Otro gran momento sucedía de camino al colegio. Siempre nos llevaba mi madre y, algunos días, solo algunos, cambiábamos el recorrido para pasar por la panadería de Paco, un señor con cara de buena gente al que yo miraba con mucho respeto. Llegábamos allí y mi madre decía la frase mágica: “Buenos días, Paco, por favor póngame unos donuts de chocolate para las niñas”. Uno para mi hermana pequeña y otro para mi. Paco los cogía con mucho cuidado de una cajita de cartón –yo aprovechaba para mirar el chocolate fondant que caía por el agujerito– y los envolvía a la perfección en un papel de estraza. Después metíamos el donut en la mochila y al cole más felices que nadie, deseando que llegase la hora del recreo para comerlos.

♥ También recuerdo los caramelos de cuba libre que nacían al lado del tronco del árbol más grande del jardín. Todas las noches de verano, antes de acostarnos, dejábamos los envoltorios de los que nos habíamos zampado durante el día bien enterraditos, y por la mañana, nada más despertarnos, salíamos, revolvíamos la tierra y por arte de magia… ¡teníamos caramelos! Allí estaban, perfectamente colocados, una maravilla. No se lo que sentirían mis hermanos o mis primos pero yo me sentía la niña más especial del mundo. Los únicos niños del pueblo con un árbol mágico en el jardín,¡casi nada! ¡eso eran palabras mayores! Ya se encargaba mi abuelo Felipe de que no nos faltasen nunca. Cuando subían a jugar los niños del pueblo se lo contábamos y se quedaban tan alucinados como nosotros. “Tenemos un árbol mágico”, decíamos, “de verdad que da caramelos”.

♥ Almendras fritas. Los domingos mi padre salía a comprar el periódico y luego se tomaba un pequeño aperitivo. Yo, que siempre andaba pegada a él, me apuntaba siempre que podía. Íbamos a una taberna cerca de casa, justo al lado del quiosco de prensa. Me subía en una banqueta de madera alta y esperaba que pusieran, además de aceitunas y patatas, un platito de almendras fritas con sal que ellos mismos preparaban. A veces, todavía estaban templadas cuando te las metías a la boca. A mi me gustaba –y me sigue gustando– comérmelas despacio, saboreándolas, mientras que buscaba con la lengua los granitos de sal.

♥ Chiquitita. Seguro que conocen esta canción de Abba, pues bien, todavía no se el motivo pero cuando era pequeña lloraba cuando la escuchaba. A mi madre le encantaba, en versión español, con lo que pueden hacerse una idea de la frecuencia con la que echaba lágrima una servidora. “Qué le pasará a esta niña con esta canción, con lo bonita que es”, decía. Ahora, cuando la escucho la recuerdo con mucho cariño, me acuerdo de mi madre y de la infancia. Y les aseguro que ya no lloro, al revés, sonrío.

Bueno, ya pueden salir de mi despensa, ¡gracias por su visita! Prometo dejarles entrar otro rato dentro de poco;-)

¿Y ustedes, qué recuerdos llevan en la mochila? ¿Alguno que quieran compartir?

¡Feliz tarde!

Nuria

www.divinaholly.com

2 comentarios de «La despensica»

  • Blanca dice:

    Hola! Felicidades por el post. Yo recuerdo el olor a palomitas de los sábados en casa de mis padres, era el día en el que tocaba película. También la voz que ponía mi padre cuando me leía cuentos por la noche, las manzanas asadas de mi abuela, y la mañana de Reyes al ver los regalos, eso era lo mejor. Después me ponían una taza de chocolate casero y un trocito de roscón. Qué buenos recuerdos.

  • Lucía dice:

    Me ha gustado mucho, Nuria. Muchas gracias por abrirnos las puertas de tu despensa, es curioso pero yo también guardo recuerdos similares de mi niñez y, como tú, muchos de ellos asociados a la gente que más quiero, y a olores, sabores… un beso!

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